Difracciones de la percepción

Si en realidad pudiéramos lograr que nuestros sentidos estuvieran en comunicación inmediata con nuestro entorno, todos seríamos artistas, porque nuestra alma vibraría entonces continuamente al unísono con la naturaleza; nuestros ojos, ayudados por la memoria, delinearían el espacio estableciendo en el tiempo cuadros inimitables y escucharíamos melodías que constituirían las sinfonías de nuestra vida interior. Sin embargo, en la mayoría de los casos, para el común denominador de los mortales, existe un velo, que nos separa inclusive de nuestra propia conciencia. Henry Bergson (1859-1941), en su análisis de la percepción contenido en Materia y Memoria, rechaza las concepciones tradicionales de la percepción como aprehensión de la realidad por un sujeto psíquico o la idea de que "percibir es conocer"; él entiende la percepción como acción y conlleva "una relación variable entre el ser viviente y la influencia más o menos distante de los objetos que influyen sobre él".

Luís Garduño, en su obra divide, como Bergson, la naturaleza en dos regiones en conflicto, lo vivo y lo inerte. Lo vivo es el dominio de la evolución creadora, lo inerte es lo que el intelecto considera como la materia. La esencia de todas las cosas es su duración continua, accesible solamente a la intuición. Es así entonces que la relación entre el cuerpo y el espíritu en el hombre encuentra una especie de existencia virtual, es decir, es el mismo espíritu, y nuestro cuerpo el centro de las percepciones, somos proyectos de acción, movidos por el espíritu y la memoria.

Con estudios de licenciatura en Artes Visuales en la Academia de San Carlos, de Diseño Industrial en la Universidad Autónoma Metropolitana y de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, Garduño pone su destreza técnica al servicio de una idea: la de explorar el espíritu humano, y en su intento, nos desvela también su mundo interior. En su concepción del arte su compromiso es ético y estético y en su estilo se aprecia una fuerte influencia de la pintura del quattrocento italiano al apreciar en su obra, una perspectiva en la que los personajes tienen el tamaño que les corresponde según el lugar que ocupan en la escena.

Luís Garduño expuso su obra por primera vez en 1992 y desde entonces se ha mantenido fiel a su posición de ser un espectador del mundo, un testigo de una época, que tiene la necesidad de manifestar lo que ve, pero con la libertad de creación que el arte le confiere, dando así una interpretación muy personal de los hechos de una realidad en constante evolución.

La inquietante gestualidad y excelente trazo que se perciben en su pintura, nos sorprenden con apariciones milagrosas de perturbadoras criaturas anatómicamente perfectas que, como testigos recurrentes de su obra, siguen siendo los protagonistas y contemplan la vida con ávida curiosidad e incertidumbre. Creador de una iconografía inconfundible donde conviven libélulas, toros, aves mitológicas y personajes donde la vida y la muerte no diferencian territorio sino conviven en una simbiosis casi perfecta en aras de reflejar: la tenacidad de la creación, la voluntad, el amor y la pasión del humano, por seguir siendo él mismo hasta sus últimas consecuencias.

Su paleta de colores fuertes y profundos, como la atmósfera misma de sus piezas, se enriquece con una innovadora técnica de su autoría que permite desdoblar los colores fríos y calidos para lograr un efecto de tercera dimensión. La aplicación de polímeros entre las capas de la pintura, actúan como separadores visuales de los planos del cuadro, mostrando de forma desnuda los procesos del dibujo. De igual modo la aplicación de la luz y la sombra mediante el color, muestran el proceso de construcción de la imagen cruda, permitiendo así que el espectador modifique la percepción de la imagen.

Hombres atrapados en sus ideas, minotauros imponentes, medusas, escorpiones, arlequines, magos, hechiceros o el estudio anatómico del humanis corporis fábrica, nos sumergen, con esta exposición del Museo de Arte de Tlaxcala, en el mundo maravilloso del artista, que como alquimista de nuestro tiempo, conjuga el arte y la ciencia con maestría y pasión llevándonos por los caminos del desafío de la percepción como un cristal que difracta nuestra mirada hacia universos interiores donde, como Garduño afirma, el caos y el orden se desvanecen en la desaparición de las fronteras visuales.

M. Concepción Pérez de Celis Herrero